Es uno de esos gestos que nadie puede evitar del todo. En la oficina, en el transporte público o frente a una pantalla, un bostezo ajeno suele desencadenar otro. Aunque parezca un acto trivial, la ciencia lleva años estudiando por qué ocurre, y las conclusiones apuntan a algo más profundo que el cansancio.
No es sueño: es una respuesta social
El bostezo espontáneo y el contagioso no son lo mismo. El primero se asocia a cambios en el nivel de alerta, la transición entre sueño y vigilia o incluso la regulación de la temperatura cerebral. El segundo, en cambio, aparece como reacción a un estímulo externo: ver, oír o incluso leer sobre alguien que bosteza.
Los investigadores lo relacionan con la capacidad humana de imitar de forma automática y de «sintonizar» con los demás. Por eso los niños menores de cuatro o cinco años raramente se contagian: las habilidades sociales que lo sostienen todavía se están desarrollando.
Una revisión publicada recientemente, en la que se desglosa este análisis sobre el contagio del bostezo, recopila los hallazgos neurológicos más relevantes, desde la activación de la corteza premotora hasta el posible papel de la dopamina.
Más contagioso entre familiares que entre desconocidos
Uno de los datos que más llama la atención es que el contagio no se reparte por igual. Los estudios muestran que bostezamos con más facilidad cuando quien lo hace es un familiar o una pareja, algo menos con amigos y bastante menos con extraños.
El patrón también se repite en animales. Chimpancés, lobos y perros domésticos muestran contagio, y en varios casos es más intenso entre individuos con un vínculo estrecho. Para los biólogos, esto refuerza la idea de que el bostezo compartido pudo servir para coordinar grupos: si todos se preparan para descansar o para ponerse en marcha a la vez, el grupo funciona mejor.
¿Y si no te contagias?
No es motivo de preocupación. Una parte importante de la población responde poco o nada a los bostezos ajenos, y la tendencia disminuye con la edad. Aunque algunos estudios han asociado una menor susceptibilidad con ciertas condiciones como el autismo, los especialistas insisten en que no sirve como herramienta de diagnóstico: hay demasiada variación normal entre personas.

